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Agricultura y Medio Ambiente

Tribunas de opinión sobre Agricultura y Medio Ambiente de Agustín Mariné, presidente de AGPME

Agricultura y medio ambiente: el carbono de la atmósfera

ESPAÑA 20/09/2005


El problema capital del medio ambiente a día de hoy es el aumento del CO2: la moderna civilización añade a la atmósfera sin parar grandes cantidades de carbono; en parte porque quema petróleo y gas natural, que estaba almacenado en el suelo desde hacía milenios; y en parte porque alguien disminuye continuamente la superficie forestal del planeta. Ambas prácticas tienden a un resultado final preocupante: Crece el nivel de anhídrido carbónico de la atmósfera, y con ello se fomenta el temible “efecto invernadero”. Algo tenemos que hacer, a nivel práctico, que sea capaz de invertir la tendencia.

Y ¿qué tenemos a nuestra disposición para lograrlo? A primera vista disponemos de la reforestación por un lado, y del uso masivo de materiales procedentes de la agricultura en nuestra vida civilizada por otro. Algunos pensarán que tales instrumentos son poco efectivos porque su contribución será siempre desproporcionada a la magnitud del problema. Decía Charles Péguy en un célebre aforismo que hacer el bien era como “uno que corre a pie detrás de un automóvil” —tomando nota de la velocidad que a veces alcanzan las fuerzas del mal.

¿Podremos con nuestro proyecto forestal mundial y con nuestra agricultura reenfocada compensar la imparable emisión de carbono que se hace —y se va a hacer todavía más en el futuro?

Para empezar pensemos en el regadío aragonés, tan próximo. Disponemos de sol y buena temperatura durante 200 días al año. Tenemos agua para que las plantas crezcan aunque falte la lluvia. Según estudios solventes, una buena hectárea de maíz sintetiza en estas condiciones hasta 42 toneladas de anhídrido carbónico por año. Parece mucho, pero se trata de algo matemático de la química orgánica: Resulta que por cada kilo de materia seca producido se ha retirado de la atmósfera 1,6 kilos de anhídrido carbónico y se ha liberado 1,2 kilos de oxígeno. Para que nos hagamos una idea, esta hectárea compensaría las emisiones totales de cinco ciudadanos aragoneses modernos. Se ha calculado que solo el cereal europeo retira de la atmósfera el 23% de las emisiones totales del continente. Es fácil comprender que el resto de la actividad agraria (bosques, praderas, frutales, verduras y plantas industriales) sea capaz de retirar el resto.

Promoviendo, pues, la agricultura en los territorios seríamos capaces de compensar totalmente las emisiones de la civilización. Pero el agricultor tiene que vivir, y acto seguido está obligado a vender el producto fabricado a partir del carbono atmosférico (que el consumidor normalmente destruirá). De esta manera, buena parte del carbono sintetizado, regresa rápidamente a la atmósfera, formando parte de las emisiones ordinarias de los consumidores.

Es necesario romper este ciclo fatal, y empezar una política de inmovilización del carbono sintetizado por la agricultura y el bosque.

Para empezar tendríamos que recuperar el uso total del territorio —retirado en parte por razones políticas de la producción agraria— diseñando en él plantas capaces de ser transformadas en productos de largo alcance, no perecederos. Actualmente se dice que el territorio abandonado cumple con los objetivos medioambientales si tan solo “se mantiene”. Esta doctrina parece muy pobre.

El territorio cumplirá mucho mejor con el medio ambiente si sirve para producir materia seca que acto seguido se inmovilice permanentemente. ¿Por qué se fabrican los paneles de aglomerado con serrín o maderas molidas, cuando podríamos conservar la masa forestal y fabricarlos con biomasa prensada? ¿Por qué cortamos árboles para elaborar pasta de papel, cuando hasta los egipcios habían ya usado papiros (plantas anuales) para ello? No tiene sentido lo que estamos haciendo, y los poderes públicos no deberían tolerarlo por más tiempo.

Hay que encontrarle a la producción de materia seca en el territorio el profundo sentido ecológico que tiene: Podemos obtener en él materiales variados anuales, capaces de sustituir gran parte de lo que hoy día se elabora a partir del petróleo y los bosques: Este es el verdadero uso medioambiental del territorio, y no precisamente su abandono puro y duro.

Las variables medioambientales básicas se corrigen mejor trabajando bien que abandonando; sobretodo cuando lo que se abandona es un antiguo regadío, que tanto esfuerzo ha costado establecer y consolidar en nuestro país.

AGRICULTURA Y MEDIO AMBIENTE: ¿QUÉ HACEMOS CON EL CARBONO?

Decíamos en el anterior artículo que aunque los agricultores fueran capaces de sintetizar anualmente todo el carbono emitido por la civilización, no podrían por si mismos inmovilizarlo. La sociedad deberá diseñar en un futuro próximo un sistema nuevo para que el carbono sintetizado entre en la composición de numerosos productos de consumo, no perecederos. La función social de un agricultor de 50 hectáreas de regadío consistirá, pues, en la eliminación de las emisiones de 250 ciudadanos más o menos. Un 0,4% de la población (uno entre doscientos cincuenta) dedicado a la agricultura tecnificada y productiva sería, pues, capaz de controlar el problema de las emisiones.

Pero la función social de los políticos, a continuación, deberá conseguir como sea, que estas materias sintetizadas no vuelvan acto seguido a la atmósfera, por lo menos en parte.

En el fondo el problema ha cambiado de perspectiva: Antes nos parecía imposible contrarrestar las emisiones; ahora nos parece que el verdadero problema está en lograr que el carbono sintetizado no vuelva rápidamente al medio de donde procedía.

Aquí ocurre algo muy corriente: Una parte de la sociedad cumple una función que permite al resto disfrutar de la vida. Mientras unos sintetizan, otros consumen y emiten carbono. Toda la civilización lo hace, y sólo la agricultura se encarga de contrarrestar. Su contribución es pues capital, y lo será cada vez más, a medida que los equilibrios del carbono se vuelvan más delicados. La misma extensión de la sociedad de consumo a otras grandes áreas del globo, como son China o India, agravará estos equilibrios hasta hacerlos críticos.

En términos económicos diríamos que el agricultor “disfruta” de una externalidad positiva ( a saber, es capaz de sintetizar carbono), mientras el consumidor “soporta” una externalidad negativa (devuelve el carbono a la atmósfera al calentarse, al comer, al respirar, etc.). Quiere ello decir que al agricultor de alguna manera habrá que pagarle por lo que hace, y que quien consume lo producido deberá correr con esta carga.

Lo más sensato sería crear una “tasa medioambiental de consumo” como parte de la tasa general de emisiones que llamamos Kyoto. Podría funcionar de la siguiente forma: El agricultor al vender materia seca sintetizada a partir del carbono de la atmósfera, repercutiría en la factura una cantidad por kilo vendido de 0,015 euros.

Esta cantidad se mantendría constante en toda la cadena comercial en “cascada” hasta el consumidor final. Si en algún tramo de dicha cadena comercial este carbono fuera inmovilizado por cualquier proceso industrial de transformación, el agente que lo hiciera podría solicitar a los poderes públicos el reembolso de la tasa, ya que la inmovilización del carbono tiene el carácter de “beneficio social evidente”. El producto final, pues, pagaría una tasa Kyoto si se consumiera normalmente, pero estaría “desgravado” si se inmovilizara en forma de materiales no perecederos. Esta sencilla operación económica incentivaría algo que, de todas maneras, va a ser indispensable organizar. Cuanto más éxito tuviera la tasa, menos pagaría el consumidor y más los poderes públicos, pero poco a poco nos acercaríamos al objetivo deseado. La sociedad de consumo andaría por la senda sostenible; no como ahora, que avanza de manera incontrolada.

El ámbito de actuación de esta “tasa medioambiental de consumo” es enorme. Hemos citado ya el papel, el aglomerado para cerramientos y numerosos derivados del petróleo. Si lo miramos bien, casi todos los productos del actual consumo procedentes de fuentes fósiles, podrían obtenerse de fuentes renovables, es decir de plantas anuales cultivadas. Podría hacerse plástico y todos sus derivados, aislantes térmicos y acústicos, toda clase de envoltorios y embalajes. La tasa propuesta podría funcionar como incentivo para que finalmente pasemos de las palabras a los hechos. Retribuir a quien es capaz de sintetizar, y pagar por las emisiones.

Incluso sería ya competitivo quemar materia seca para calefacciones, aunque en este caso no se inmovilizaría el carbono sino que se devolvería a la atmósfera: Siempre no obstante sería mejor desde el punto de vista medioambiental quemar materia seca antes que petróleo. Un kilo de fuel en poder calorífico equivale a 2,1 kilos de grano: A los precios actuales de ambos recursos el grano resulta competitivo.

Gestionar bien el territorio, he aquí el camino a seguir por los poderes públicos en beneficio de la civilización y el medio ambiente: No parece tan difícil ponerlo en práctica.

AGRICULTURA Y MEDIO AMBIENTE: EL AGUA

En realidad en lugar del agua deberíamos escribir el agua y el oxígeno, además del inevitable carbono. Las tres cosas van tan unidas, que no es posible ocuparse separadamente de cada una de ellas. Sin agricultura no hay eliminación del carbono, como tampoco hay restitución del oxígeno. Pero sin agua no hay nada de lo anterior, ni agricultura, ni por supuesto beneficio alguno en el equilibrio del carbono y el oxígeno. Cuando llueve no hay que hablar demasiado del agua: Ahí está, para que las plantas cumplan su benéfica función. Pero cuando no llueve, tenemos que ocuparnos de ella, porque realmente del agua dependerá todo lo demás.

El agua en la naturaleza puede ser rodada, infiltrada o evapotranspirada. El agua rodada, al final va a parar a los cauces fluviales y alcanza los océanos, donde se almacena por largos períodos de tiempo. El agua infiltrada se regenera automáticamente y sirve para alimentar las fuentes de agua potable, aunque también permanece largos años en reservas subterráneas. Por último el agua evapotranspirada se añade al agua directamente evaporada por el sol, y al pasar a la atmósfera, alcanza la forma molecular, químicamente pura. Ambas fracciones (evaporada y evapotranspirada) constituyen la base real de las lluvias, los granizos y las nevadas, según las condiciones climáticas de cada tiempo y lugar.

Ahora estamos discutiendo en Europa el futuro del agua. Algunos profesores tan prestigiosos como el director de Esade (Escuela de Negocios de Barcelona) preconizan un recorte del agua “consumida” por la agricultura. Parece ser que el ahorro hídrico ha de venir de la agricultura —porque ella consume el 85% del recurso total disponible. Difícilmente podremos ahorrar agua suficiente en las duchas o en las fábricas de nuestros polígonos. Más fácil será quitarle el agua al agricultor que a un pobre ciudadano o a una cadena de producción industrial. La agricultura tiene, pues, todos los números para que le digan que se las arregle con menos agua.

Pero si analizamos bien el asunto, resulta que la agricultura lo único que hace es enviar el agua a la atmósfera. No consume apenas nada. Tampoco la ensucia ni la degrada. En modo alguno: Las plantas funcionan como filtros perfectos, que dejan pasar por su interior un flujo constante de agua que cumple funciones bioquímicas y luego se evapora por los estomas directamente a la atmósfera en forma molecular. O sea, que no solo no gasta agua, sino que la filtra, la limpia perfectamente y la devuelve a la atmósfera en pequeñas gotas. Pero una vez situada el agua en la atmósfera, no va a quedarse allí: Cae otra vez a la tierra en forma de lluvias.

Nada tiene que ver el agua agrícola con el agua urbana o industrial. Mientras ciudades e industrias la degradan hasta extremos insoportables, la agricultura la restaura y la devuelve a la naturaleza de donde salió, para que continúe su ciclo benefactor. Para que nos hagamos una idea, la cobertura vegetal del planeta logra evaporar 71.000 Km. cúbicos de agua cada año que es exactamente 2/3 partes de la lluvia total sobre los territorios. De tres litros llovidos en el territorio, uno procede de los mares (saldo de las lluvias costeras) y dos proceden de la evapotranspiración de la cobertura vegetal (cultivada o no). Limitemos, pues, como propone el director de Esade, el agua de la agricultura. Sepan Vds. ¡que también limitarán litro por litro las lluvias acto seguido! Mal negocio va a ser para el medio ambiente el anunciado recorte del agua agrícola.

Y esto sin contar que dejaremos de sintetizar materia seca, y abandonaremos un carbono en la atmósfera que hubiéramos sin duda eliminado de ella: Poco a poco se volverá irrespirable.

Pongan los políticos un precio alto al agua agrícola y el ahorro será instantáneo. Pero a continuación ¿Cómo van Vds. a retirar el carbono de la atmósfera? ¿Sin cobertura vegetal? ¿Y cómo van Vds. a hacer el aire respirable?

Más juicioso es poner al agua un precio en función del resultado de su uso. Si se degrada que se pague un precio elevado por ella; si por el contrario se regenera y se recicla, que se abarate su uso razonablemente. Los economistas llaman a ello “externalidades”. La civilización tiene una externalidad negativa en el uso del agua; por el contrario la agricultura la tiene positiva. Todas las escuelas de negocios y el Círculo de Empresarios de Madrid deberían saber esto antes de publicar más documentos contra el uso agrario del agua.

AGRICULTURA Y MEDIO AMBIENTE: LA TÉCNICA MODERNA

Seríamos unos insensatos si no tuviéramos en cuenta los avances científicos y técnicos en nuestra agricultura. El modelo romántico del hombre primitivo cultivando su pequeño huerto no resulta realista ni para nosotros ni para él. La moderna civilización, por la técnica y el esfuerzo inteligente, ha logrado buenos productos a precios razonables, y por supuesto mucho más económicos que los de antes.

La mejora de la productividad de nuestras plantas ha sido espectacular. Tanto la genética como la química han contribuido a ello: La primera aumentando la eficiencia de las mismas; la segunda evitando las pérdidas por ataques parasitarios. El reto actual es producir en los territorios alimentos para todos y además materia seca para sustituir combustibles fósiles y parte de los derivados de la madera. Para ello el territorio debe ser gestionado como un reloj. No podemos perder fotosíntesis —cosa que depende de la fecha de siembra y el desarrollo vegetativo (captores); tampoco podemos tolerar sequías —porque entonces las plantas cierran los estomas y no admiten carbono; asimismo, debemos controlar bacterias, hongos y predadores, que echan por tierra al final todo lo conseguido.

Solo hay un “pero”: La posible agresión medioambiental. No cabe duda que algunos cometieron excesos en el pasado, que desprestigiaron la profesión y han llevado a la opinión pública la falsa idea que agricultura equivale a depredación del medio. No es eso. La agricultura es una actividad restauradora del medio; al ser una fuente de bienes renovable no tiene por qué no ser también “sostenible”. No es como una mina de carbón o un pozo de petróleo, que se agotan al ser explotados.

Bien al contrario, los campos no paran de mejorar por el buen cultivo: Parte de las cosechas permanecen en ellos en forma de humus y promueven la actividad biológica; la fertilización, química u orgánica, incrementa la actividad de los microorganismos; los suelos, cada vez más fértiles, multiplican el grano por cien o por mil; almacenan agua entre lluvia y lluvia; reciclan residuos de granjas y deshechos urbanos. Todo esto es beneficioso, incluso evidente, y la gente lo aceptaría. Pero hoy en día los científicos han dado un paso más, y han descifrado el genoma de muchas plantas: Tenemos ya la secuencia de genes del maíz y el arroz, por ejemplo.

Empezamos a saber por qué ocurren las cosas y podemos solucionar problemas difíciles en laboratorio. Por ejemplo, la colza producía un aceite poco recomendable a causa de los ácidos grasos saturados que contenía; pues bien, han logrado una colza por biotecnología, a la que llaman “canola”, ¡que tiene más del 80% de ácidos grasos insaturados! Esto ha sido un éxito, y en el Canadá el aceite de aliñar y el de freir procede en un 75% de esta nueva planta. Otro ejemplo: En Sicilia el tomate autóctono, muy sabroso, estaba a punto de desaparecer porque era sensible a un virus.

En los colmados era cada vez más caro y más difícil de encontrar. Pero un profesor de la Universidad de Milán ha introducido en este tomate un gen de resistencia al virus, y —mano de santo— ya vuelve a encontrarse tomate siciliano en las tiendas. El maíz modificado genéticamente llamado Bt resulta mucho más saludable en la fabricación de piensos que el maíz ordinario: Los cerdos que consumían el maíz antiguo, a menudo presentaban cuadros de diarrea imparables por micotoxinas, como la fumonisina o la zearalenona.

En cambio el maíz Bt resulta limpio de estos contaminantes incluso almacenado, y es mejor para la salud. Para terminar, vale la pena saber que los científicos han logrado ya una nueva soja rica en aminoácidos esenciales, que servirá “ella sola” para fabricar un pienso de piscifactoría totalmente ecológico: Hoy en día los peces de granja están obligados a alimentarse a base de otros peces salvajes molidos (harinas de pescado), y causan una depredación asombrosa en los océanos, del todo insostenible.

En resumen, la ciencia brinda oportunidades cada vez más claras, y la genética acaba de dar un gran paso, que resultará en una agricultura más eficaz, una mejor salud en el consumidor y un beneficio medioambiental.

No debemos dedicar nuestro tiempo a combatir los adelantos técnicos para defender el medio. Bioquímica y biotecnología no pretenden arruinar los seres vivos ni el medioambiente. Los científicos conocen perfectamente el problema y quieren ser útiles para recomponer las cosas. Su trabajo es nuestra esperanza.

AGRICULTURA Y MEDIO AMBIENTE: EL POR QUÉ DE LA ACTIVIDAD

Muchas personas han llegado al convencimiento que la actividad agraria es cosa del pasado: No vale la pena hoy en día seguir con ella. Comida hay por todos lados, y vale poco dinero, incluso en los supermercados de categoría. Aunque de cuando en cuando digan que se pasa hambre en ciertas zonas de África, al final se admite que ocurre por otros motivos: No será por falta de comida, sino por la dificultad de transportarla o por la extrema pobreza de los países afectados. De hecho en Occidente, han empezado a quemar alimentos para calefacciones, pensando que no hacían ninguna falta a nadie en parte alguna del globo.

Este razonamiento tan simple conlleva la transformación de la agricultura productiva en “ornamental”: No vale la pena producir cosa alguna, pero es bonito mantener el campo en buen estado de revista. Dispondremos, pues, a corto plazo de inmensos parques de paseo, donde no se producirá nada, porque nada será necesario.

Vaya teoría, ésta de no hacer nada.

Para dar la conformidad, de todas formas, deberíamos discutir un poco. En el Imperio Romano el precio de los alimentos se doblaba cada 500 Km.; es decir, que el transporte a 500 Km. equivalía a la producción. En Occidente, en la época de los fletes abaratados por los poderes públicos, se traían productos de 7 u 8 mil Km. por una décima parte de su valor en origen. Se transportaba diez veces más lejos que en el Imperio Romano; y se pagaba por ello tan sólo una décima parte del valor inicial del producto. Pero las cosas han cambiado: Hoy el transporte cuesta ya casi el 25% del valor del género en origen: Ya no es tan claro que podamos traer toda la comida de fuera.

Sabemos además de numerosas empresas agroalimentarias que tienen problemas de abastecimiento. A menudo no encuentran lo que necesitan. Lo deseable sería contratar en proximidad buena parte de las necesidades, y reservar el transporte a largas distancias para situaciones ocasionales. Así productores y compradores se conocen y se pacta cantidad, calidad, fecha de entrega y precio: Una situación muy deseable para todos. No parece, pues, probable que las empresas alimentarias europeas se conformen con la luminosa idea de abandonar la producción local.

Pero es que además la actividad agraria se parece mucho al devenir mismo de la naturaleza. Igual que el sol y la lluvia hacen crecer bosques y praderas, la agricultura productiva hace crecer numerosas plantas para nuestro beneficio. Actividad agraria y naturaleza discurren de forma paralela. Paremos la agricultura y frenaremos un complemento precioso para los equilibrios de la naturaleza. Primero, disminuirá la producción de materia seca a un nivel “testimonial” (vegetación espontánea); en igual medida disminuirá la evapotranspiración y el reciclaje de agua a la atmósfera; lo mismo ocurrirá con la síntesis del carbono y la liberación del oxígeno. No parece que el medio ambiente vaya a salir muy beneficiado de semejante veleidad económica.

El medio ambiente no es un placer estético, como la contemplación de una cascada; el medio ambiente es alcanzar un buen equilibrio de las variables fundamentales: Agua, carbono y oxígeno. Y esto se alcanza con la producción razonada y no cancelando la agricultura.

Y todavía queda la energía. Toda la civilización consume energía. Pero el territorio y la actividad agraria pueden captarla y fijarla, tanto en forma orgánica como química. Las actuales fuentes fósiles de energía no son otra cosa que acumulaciones de materia orgánica previamente sintetizada. Petróleo, gas natural, biogas, carbón, todo ello se ha originado por la actividad natural del territorio. Actualmente podemos ya pensar en un uso directo de la biomasa sin pasar por los procesos de los depósitos fósiles: La mayoría de productos de la moderna civilización pueden obtenerse ya de fuentes renovables, respetando bosques y reservas fósiles.

El territorio cultivado y su gestión es capital para el futuro de la naturaleza en el planeta. Abandonar oportunidades en un lugar conducirá indefectiblemente a sobreexplotación en otros lugares. El verdadero reto para el futuro consiste en producir lo suficiente respetando las áreas intactas lo mejor posible. Hay lujos (como el no hacer nada) que la sociedad, aunque sea muy poderosa, no es capaz de asumir.

Y la macroeconomía, aunque algunos no lo crean, debe subordinarse a todo lo anterior.


 

 



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