ESPAÑA 14/04/2004
Mientras la agricultura emplea alrededor de 1.300 millones de personas y produce anualmente bienes por un valor aproximado de 1,3 billones de dólares, genera también graves problemas medioambientales, sociales y económicos, sobre todo en los países en desarrollo.
Según el libro, titulado ''Agricultura mundial y Medio Ambiente'', el sector utiliza más del 50 por ciento de las áreas habitables del planeta, incluidas tierras no aptas para ese tipo de actividades, y destruye anualmente 130.000 kilómetros cuadrados de bosques y otros hábitats como sabanas, áreas montañosas y humedales.
La agricultura está destruyendo también los hábitats de muchas especies, según su autor, Jason Clay, vicepresidente del Centro para la Innovación en la Conservación, de WWF-USA, que singulariza el aceite de palma como el producto que representa la mayor amenaza para los mamíferos en peligro de extinción.
Las poblaciones del elefante asiático, del rinoceronte de Sumatra, el orangután y el tigre están todas ellas disminuyendo a causa de que las plantaciones de aceite de palma están invadiendo sus hábitats.
La agricultura desperdicia el 60 por ciento de los 2.500 billones de litros de agua que usa al año, denuncia Clay, según el cual los recursos de agua están ya siendo explotados cerca o más allá de su límite especialmente en el continente americano, Africa del Norte, la península Arábiga, China y la India.
''La agricultura ha tenido un impacto ambiental mayor que cualquier otra actividad humana y amenaza precisamente los sistemas que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades alimenticias y textiles'', explica el directivo de WWF.
El libro advierte de que actualmente los subsidios gubernamentales estimulan las prácticas agrícolas intensivas de monocultivo, que usan productos químicos y maquinaria pesada que dañan el medio ambiente.
En Inglaterra, por ejemplo, dice su autor, esas prácticas han llevado en los treinta últimos años a una disminución del 77 por ciento de la población de aves.
Clay recomienda a los gobiernos, especialmente a los de países de alto consumo como China, Japón, Estados Unidos y la Unión Europea, que dediquen los fondos destinados a subsidios y barreras comerciales a la adopción de mejores prácticas de gestión de los recursos agrícolas.
Entre éstas se mencionan los pagos públicos a los agricultores por los servicios ambientales que proporcionan, la protección de cuencas hidrográficas, la prevención de la erosión del suelo, el agua limpia y la captación de carbono.